“Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y asusta a la niña que fuiste” (Alejandra Pizarnik)
La soledad poco a poco había logrado derrumbarla y como un espectro indefinido viajaba en su mirada. Sumaba demasiadas derrotas para su corta edad.
Una noche el diablo miró de frente a sus ojos y en un abrazo ensayado le prometió un paraíso. Un edén extranjero: sin hambre y con dinero. Le ofreció una vida de playas y nuevos juegos y, con palabras expertas sin escatimar promesas, le robó la inocencia.
Ella imaginó a su madre con vestidos nuevos, a sus hermanos con uniforme de colegio, una estufa de leña y –quizás- también una nevera.
Durante el largo viaje en barco tuvo que soportar un recuento interminable de violentas humillaciones. Se le helaron los huesos durmiendo al cielo raso. Cada noche soñaba con la esperanza de un futuro mejorado. El corazón expuesto a la luna y sobrecogido en el eco de una oración que su madre le había enseñado:
- Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre...
Y llegó al otro lado del mundo.
Las noches se hicieron densas y eternas. Aprendió a someterse paulatinamente a la tristeza con la obediencia callada de los que no tienen nada. Logró resistir aferrándose a los recuerdos con el güisqui anestesiando su garganta, con palabras desgastadas, con la amenaza inquietante de una muerte silenciosa y con los sueños inyectados desde una minúscula jeringuilla hasta el centro mismo de su mente, en una falsa plenitud efervescente.
Se acostumbró a las sombras sintiendo que la vida se le escapaba entre las luces de los bares y entre las melancólicas sábanas de pensiones inmundas. Todos los días, al caer la tarde, en la misma furgoneta emprende el camino hacia el paraíso prometido con el único deseo de no tener que regatear su precio y sobrevivir un día más en la inercia del miedo.
Por las noches aprende a tragar dolor y olvida con lágrimas su vieja muñeca de trapo, mientras en el retrovisor de un coche se pinta de rojo los labios.
Y sigue rezando a Dios con palabras de silencio, y en esa oración inventada sólo suplica que le dé otro cielo.